30.4.07

Insomnio. 1:20 AM

Pacientemente sobre mi cama,
espero a que Morfeo aparezca en la puerta del cuarto,
me extienda la mano para tomar la mía
y me seduzca,
me cargue entre sus brazos
y me lleve al mundo de los sueños.

21.4.07

diez minutos


Sus labios eran carnosos, bien definidos, antojables, más para las que estábamos en la adolescencia; Rodrigo era simplemente exquisito.

A mi me saludaba cuando coincidíamos en algún espacio de la prepa, pero ni siquiera se fijaba en mi, siempre estaba rodeado de otras que eran más "buenas" que yo, y aunque eso no me preocupaba, sí reconocía que estaban mejor que yo, por lo tanto, pasaba desapercibida ante él.

Ya en la universidad nos volvimos a encontrar, mucho más maduros, más formados, él más atractivo, y lo mejor: en otra ciudad.

Ahora sí, el gusto fue mutuo... en realidad para mi siempre fue un placer verlo, aunque sólo fuera eso, verlo. En el fondo siempre me imaginé robándole un beso y ver su expresión ante tal osadía.

Cada vez que nos encontrábamos en los jardines, en los pasillos de la universidad, hablábamos por horas: qué fue de él después de salir de prepa; qué sucedió con Raúl, Carmen, Lucía y Carlos. Rememorábamos tiempos no compartidos, y cuando menos lo pensábamos, nos dejábamos caer sobre el pasto del jardín para tomar el fresco de la tarde, sentados cerca de algún árbol de eucalipto.

Seguido platicábamos sobre nuestros ideales políticos; cómo sería la pareja ideal; del amor y de todas esas cosas que, aunque lo niegue la gente, a todos nos preocupa. Pero de lo que más hablábamos era la mejor forma de sentir placer a la hora del sexo. No podía evitar imaginarme cómo acariciaría, qué sería tener su cuerpo esbelto sobre el mío, o yo sobre él, y hasta qué sería capaz de hacerme.

A mis entonces 19 años, pensaba que el sexo se podía practicar así, sin amor, y no necesariamente como nos enseñan a todas: el amor, el amor, sin él no "sueltes nalga". Y ahí estábamos, Rodrigo y yo teorizando de lo que debería hacer la humanidad con su sexualidad.

Llegó el año nuevo, nos volvimos a encontrar en un bar; lo vi de lejos, lo saludé sin acercarme. El lugar estaba a reventar, todos caminaban en filas mientras que en las mesas bailaban hombres (muy bien planchados y perfumados) y mujeres (con escotes que no dejaban mucho a la imaginación). Hembras y machos juntos, muy pegados, muy insinuantes, cachondos, casi haciendo el amor. Botellas de cervezas llenaban los espacios de las mesas, algunas completamente vacías, otras aún esperando a ser bebidas hasta el fondo. Yo vestía normal (puede decirse): una falda arriba a la rodilla y una blusa que no invitaba a mucho.

Al subir al segundo piso del bar, ahí estaba Rodrigo, al acecho, vigilando el momento en que me despegara del grupo de amigas. Me acorraló en un lugar oscuro, aprovechando que su esposa estaba en la mesa distraída con su prima al otro lado del lugar. Sin decirme nada me agarró los brazos, me pegó a la pared, me besó, primero los labios y después el cuello, ni siquiera vio mi expresión o me dijo algo para saber si también lo deseaba. Sus manos desesperadas buscaron mi sexo, que ya estaba más que húmedo; mis pezones respondieron a su tacto, y sin más preámbulo penetró, penetró y penetró.

Después de desearlo por tanto tiempo, lo probé sólo en diez minutos, así de rápido. Después de aquel momento, ya no lo volví a ver, ni en el bar ni en la universidad. Los deseos que alimenté por años, se me concedieron en un momento inesperado, en un momento fugaz, en diez minutos, suficientes para recordarlo.

15.4.07

Como ya lo escribí antes, amor es compartir, y es mi obligación compartir este poema a mis dos lectores...

DEMOSTRACION

No más teorías
sobre amores platónicos:
vamos al lecho.

Poema de Laura Delia Quintero, tomado del libro Caleidoscopio de Hai-Kais)

Mientras cuidas exámenes

Consejos para profes  Cosas que puedes hacer mientras aplicas exámenes semestrales, sin dejar de tener un ojo de águila, y que no pued...