15.2.07

Me gusta...

¿Que qué me gusta?
Los árboles respirando bajo el cielo azul y despejado
estirando los brazos para alcanzar al sol,
caminar por las hojas caídas,
escuchar como se estremecen cuando la gente ya no las recuerda verdes de contentas.

Me gusta sentir la arena bajo mis pies,
el agua fría del Pacífico,
el viento que me cuenta sus secretos al pasar por mis oídos
y cuando esta de buen humor, me gusta que me cante.

Pegarle a las piñatas en los días de cumpleaños,
aventarme a coger todos los dulces,
comer pastel de chocolate hasta que la panza me duela.

Me gusta
Escuchar la voz incendiaria de Silvio Rodríguez,
bailar al calor de las canciones de Buena Vista,
y terminar el día con la loca de Hadad.

¿Que qué más?
caminar por el malecón,
ver las personas que corren por la playa,
oler las garnachas coloridas de los vendedores ambulantes
llegar al final, donde la barda ya no me deja seguir.

Me gusta
caminar por el centro,
siempre arremolinado por las personas
van y vienen apuradas,
ver los puestecitos de venta
y encontrar bolsas, mochilas, cintos, fruta, tostilocos,
ratones de mentiras, que corren como de a de veras.

Me gusta... me gusta la vida.

9.2.07

Crónicas no tan marcianas IV

Ruta 20-Villa
Hora pico del medio día, viernes ( ¿por qué será que los viernes siempre hay más carros de lo normal?)

Hoy no estoy dispuesta a ver a través de las ventanas sucias del camión. Ahora leo, por lo que no pongo atención, ni mucho menos examino a las personas que suben o bajan de la caja con llantas.

Después de varios... no de varios, sino muchos minutos, el camión logra salir de la 20, para entrar a la zona bonita de Tijuana, la Zona Río. Es ahí que un músico pide permiso al chofer para tocar (chale, así pasa cuando el arte no te da para vivir dignamente).

No me doy cuenta hasta que empieza a tocar el acordeón... el acordeón... no la guitarra o kareoke con canciones cristianas, el tipo de ojos color miel tocaba el acordeón, y no precisamente canciones norteñas. No. Se escuchaba a Italia.

Primero una rolita de Bob Marley (¿así se escribe?), no sabría decir cual canción es, nunca puedo memorizar los nombres de las canciones, pero el músico cantó tímidamente, porque realmente su voz no es su virtud, pero los dedos, con qué agilidad se deslizan por las teclas del acordeón.

El camión va hasta la madre, así como lo lee, todos hablan de no sé qué cosas, por lo que pocos le regalan su atención. Yo lo escuchó, volteando pocas veces para observarlo de reojo.

Después de tres piezas, el hombre da las gracias: "Con lo que gusten cooperar, de esta forma me gano la vida, gracias", y apenas puede dar algunos pasos, porque el pasillo del camión está lleno de personas que cuelgan de los tubos, para no salir volando al vidrio del conductor, en esos altos tan abruptos que suelen hacer en cada semáforo.

Como el músico no puede avanzar, toca el pilón mientras que de su sien corre el sudor, dibujando un camino que llega hasta su cuello, deja escapar las notas del sound track de la película Amelie, después de esa pieza, mi viaje cambió, me sentí mejor, y el hombre bajó en Plaza Río.

P. D.
Esta era la canción... aunque no tiene imágenes de la pelí...

Crónicas no tan marcianas III

Ruta 20-Villa

Hora pico del medio día, viernes cualquiera.

­¡Futa! alguien se echó un pex... ¿o es que así huele la ciudad?

8.2.07

Crónicas no tan marcianas II

Tarde x, día x. Ruta 20 de nov-Villa

-¿Qué no le enseñaron a taparse la boca cuando estornuda?-
De repente escuché a mi lado, una joven como yo, (que ¿cuántos años tengo? se los dejo de tarea), un poco gordita, vestida con una de esas batas-blusas que usan la enfermeras estampadas de monitos y abrazada a su mochila, cubriéndose la boca.

El hombre que estornudó, sentado justo frente a ella en el camión-burra, la miró sorprendido, un poco incrédulo, y yo no pude evitar soltar una risilla de esas que se ocultan sin éxito, por el reclamo (in)justo de la tipa.

-Disculpe- dijo inseguro el hombre, mientras ella le recitaba unas lecciones de buena conducta y salud -¿Qué no sabe que me puedo enfermar?, se debe de tapar la boca porque los bichos vuelan por el aire, y se vienen hacia a mi, porque yo estoy enfrente de usted- explicó pacientemente los efectos por no taparse la boca, con una voz un tanto chillona...

No pude evitar pensar que esta pobre mujer sufría mucho al enfermarse, o que tal vez, tuvo una madre muy obsesiva con la limpieza y las enfermedades, que hasta le limpiaba las nalgas con alcohol, para que no quedara rastro de algún bicho maligno. Tampoco pude evitar reirme de esas ideas mías, de imaginarla sacando su frasquito de algodones con alcohol para limpiar sus dedos despues de dejar algún objeto, o examinando el vaso en el que tomaría agua, y mejor, por si las dudas, llevar el suyo en su mochila.

La gordita bajó en la avenida 20 de noviembre, apretaba la bolsa como si fuera a caerse en algún lugar, o peor aun, como si le fueran arrebatarsela y quedarse desprotegida sin sus cosas para el mejoramiento de salud (¿mental?).




Robots, inteligencia artificial y seres humanos

Este es un ejercicio que hice para una clase de Desarrollo Humano de la Lic. de Mercadotecnia. Por Lizeth García Peña La industri...