28.8.11

El siguiente texto, es un ejercicio de la Maestría en Cultura Escrita

*Invitada especial

Ensayo crítico


“El albergue de las mujeres tristes”

Autora: Marcela Serrano.

Por: Karina V. Balderrábano.

“El amor se ha vuelto un objeto esquivo”

- ¡tienes mujeres muy destacadas aquí!

- No es raro... suelen ser las que están más tristes.

La chilena Marcela Serrano, nacida en 1951, dedicada a las artes plásticas, luego a las letras, hija de escritores, militante de la izquierda y defensora de las reivindicaciones feministas, publicó su primera novela en 1991 “Nosotras que nos queremos tanto” y en 1997 “El albergue de las mujeres tristes”, libro que leí hace tiempo y retomo a más de una década de haberse publicado.

En esta novela Marcela Serrano aborda el tema del “desamor”, llamémosle también desilusión amorosa, pérdida de un ser querido, codependencia, baja autoestima o insatisfacción, de un grupo de mujeres que quizá “han amado demasiado”, porque de qué otra manera sabemos amar las mujeres… Como lo expresó hace sesenta años Simone De Beauvoir en El Segundo Sexo: “Los dos sexos jamás han compartido el mundo en pie de igualdad; y todavía hoy, aunque su situación está evolucionando, la mujer tropieza con grandes desventajas”.

Serrano se refiere a mujeres que están dolidas por acumulación, que tratan de enterrar la tristeza mas no el resto de las emociones, pero deben aislarse para iniciar un proceso de curación cuando empieza el amor a devenir en terror en vez de incentivo y el sentimiento común es de fracaso, un fracaso que es nunca de uno, sino de todos los involucrados, aun cuando en esos momentos difíciles no se perciba así. En las mujeres de esta historia crece la insatisfacción, el mal femenino al que le dio nombre el famoso personaje de Gustav Flaubert “Madame Bovary”, y que acuñó Jules de Gaultier como bovarysmo. Se trata de una especie de neurosis, cuyas víctimas sobre todo desean vivir en los demás. Dicho de otro modo, estos seres no aprecian lo que viven en el momento, ni se ven como son, sino como querrían ser.

En uno de las pasajes de la novela se lee la palabra “táctica” que me remite a estrategias de guerra como si para vernos con un hombre siempre debiéramos prepararnos anticipadamente, con cierta cautela porque, o estamos ya asustadas de lo que pueda suceder, de resultar lastimadas, “plantadas”, humilladas, o porque nadie nos enseña a cómo enfrentarnos a una cita (¿Cuánto es el tiempo razonable, lo decente, que una mujer espera a un hombre en un café?) Se cuestiona Floreana, protagonista de la novela.

Cuánto tiempo esperar al hombre que no llega puntual, cuánto tiempo para que no se vea que estamos desesperadas, urgidas o simplemente que no tenemos dignidad, para no vernos patéticas, y lo más interesante de esta situación es que el personaje asegura que “ya no es un problema de sentimientos sino de producción, no resisto la idea de arreglarme de nuevo, de elegir hasta los calzones, de volver a fijar un sitio, de volver a llegar antes que él, de enredarme una vez más en estos nervios anticipatorios”. Ya da por hecho algo que es innegable, las mujeres ofrecemos muchas oportunidades, lo sabemos, detestamos a veces ser así, y no lo podemos evitar –aclaro- cuando no nos encontramos bien anímicamente, cuando no nos percatamos del valor que tenemos.

También se habla de lo peligroso que es “entregarse”, porque aunque creamos que podemos tener relaciones “íntimas” sin involucrar sentimientos, esto sí que es una falacia, así lo presenta la autora al hacer hablar a sus personajes, en este caso Constanza en el siguiente fragmento: “Cuando un deseo profundo ha sido satisfecho, una mujer perdona. Si no ha sucedido así, ¡no perdona nunca!... Es probable que cada una evaluase de cuánta satisfacción se ha beneficiado. Y cuánto ha perdonado. Una vez que se entra en el sexo, no hay vuelta atrás. La piel, al exponerse entera, exige deberes y derechos que en horas anteriores no existían...”

Otra reflexión en esta novela la expresa el personaje masculino Flavián y creo que en cuanto a esto cada quien se manifiesta según como le va en el ruedo y para aquel o aquella que se atreva a opinar, definitivamente tuvo que haber experimentado antes una relación de matrimonio o algo que se le parezca: “.. para mí es un hecho, no una posición intelectual. El matrimonio es el espacio de la esclavitud, la muerte de toda convivencia sana. También, el de la impaciencia, el aburrimiento y el ahogo de la sensualidad”.

Más adelante prosigue con este tema, claro desde la perspectiva de víctima, postura no sólo exclusiva de las mujeres, como lo han establecido por tanto tiempo y erróneamente los hombres: “Primero, la generosidad no resulta una buena aliada para formular una vida en común. Las mujeres siempre se aprovechan de un hombre generoso y uno termina siendo un títere en sus manos. Segundo, me molesta sobremanera que el matrimonio sea el lugar elegido para vivir la suma de las impaciencias: un lujo único. Impacientarse cada vez que uno quiere, y hacerlo gratis, porque en ningún otro espacio puede perderse el control... Para eso se inventó esta institución: el corral donde pueden enjaularse, bien protegidas, todas las impaciencias”, estas palabras me llevan al siguiente cuestionamiento ¿cuántas veces herimos a la gente más querida porque resulta la más cercana y la de mayor confianza? no debiera ser así, pero de ello hemos hecho una práctica común, aunque dista mucho de ser apropiada. Asimismo, se evidencia aquí que los hombres sienten miedo frente a la autonomía que las mujeres han ganado.

Para el deconstructivismo, como lo afirmó el teórico francés, Jacques Derrida, el texto no puede ser aprehendido en su globalidad, ya que la escritura circula en un movimiento constante de remisión que convierte a la totalidad en parte de una totalidad mayor que nunca está presente. No obstante, cualquier tipo de texto, (literario o no) se presenta no solamente como un fenómeno de comunicación, sino también de significación. En el deconstructivismo se observa qué se está privilegiando y qué se está marginando en el contenido de determinado texto.

En el caso de esta obra, aunque el discurso que está siendo privilegiado es el femenino, el punto de vista masculino surge como cliché en intervenciones como la de a continuación: “… ¿Has pensado que los casados no tienen casi derecho a calentarse? Están obligados a usar el bache, el pequeño espacio que les quedó entre una cosa y otra, aprovechar la coyuntura al margen de las ganas. Por eso buscan amantes, para poder planear el deseo y los preparativos románticos que tanto les gustan a ustedes. Para inventarse el momento... Los casados, en cambio, tienen la obligación de usar el tiempo que tienen, y hacerlo, además, entre el hastío, la pequeñez doméstica y las intromisiones de los hijos”.

A pesar de todas las crisis y todas las reflexiones, a mitad de la novela inicia una atracción entre Floreana y Flavián, toda aquella descripción del físico de él, de los sentimientos y pensamientos que los mueven me hizo recordar mis tiempos de adolescente cuando se cruzaba un Vanidades frente a mí y leía las novelitas de Corín Tellado aún prediciendo en qué iban a concluir, como se sabe, Tellado no es una de las mejores escritoras, -pero sí muy comercial, exitosa y prolífica- de hecho a su género se le cataloga “novela rosa” por lo melosa, simplona, llena de imágenes comunes, personajes “siempre” guapos, lugares exóticos y apartados; esa es la crítica no tan positiva que pudiera hacerle a Serrano, descripciones muy similares a las de la novela rosa y uno que otro lugar común.

Sin embargo, aunque algunos fragmentos de los diálogos son densos porque así lo amerita las conversaciones de mujeres en un albergue que las reúne por su tristeza, de repente tiene momentos en los que la mayoría de las féminas, por no decir, cualquiera, podríamos identificarnos si somos honestas con nosotras mismas. La escritora chilena, también plantea lo complejo que resultan las relaciones cuando nos acercamos con miedo o competencia y dejamos a un lado la sensibilidad, el compromiso, la emoción real, es entonces cuando terminamos siendo pasivas, teniendo sentimientos de culpa y soledad que a algunas tanto les asusta, “...en la lucha de poderes, caemos en la trampa de nuestras propias palabras...”. El discurso tanto femenino como masculino se revela muy claro en esta novela, aunque a veces de forma muy light.

Finalmente, demuestra Marcela Serrano en su novela, que cuando una mujer se encuentra herida habrá un millón de mujeres peor o igualmente heridas que pueden apoyarse y escucharse para comprender mejor lo que les ha sucedido, para cicatrizar y volver a empezar.

Al final de esta aventura en el albergue de las mujeres tristes, Floreana sube al autobús de la huída pero finalmente da la media vuelta para ir en busca de Flavián, lo cual es indicio de una condición muy femenina: la de curarnos para volver a creer en el amor, que es en lo último en lo que perdemos la esperanza.

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